5.29.2016

Conozcan "El Bronx", en Bogotá, Colombia, cerca a la casa del presidente, así era hasta hoy.

El Bronx? ¡Claro! Uno de los barrios famosos de Nueva York. Cuna de los Yankees, de la cultura rap y del conflicto. Pero hay otro Bronx en el continente. En Bogotá, capital de Colombia, existe una reproducción del mítico barrio neoyorquino. Un lugar donde delincuentes, indigentes, mafiosos y drogodependientes conviven en medio de la ‘L’, un mercado de drogas y armas de Colombia enquistado en pleno corazón de la capital. Es la caldera del diablo.


 El Bronx es literalmente el patio trasero de su casa, la parroquia del sagrado corazón de Jesús. Desde su terraza o las ventanas se tiene una vista privilegiada de la llamada ‘L’ que conforman las dos manzanas de este lugar dantesco, en el que según dicen “se pueden encontrar muertos debajo de las toneladas de basura que hay por la calle”. El peligro se percibe al instante. La respiración se contiene y el pulso se acelera cuando uno se adentra en el angosto lugar, no sin antes recibir el último sermón del padre Echeverri: “ve con mucho cuidado”.
El paisaje impacta. La suciedad y la mugre cubren cada esquina, e incluso llegan a servir de abrigo a varios indigentes con sus cuerpos marcados por los estragos de la droga. Los ‘sayayines’, como se hacen llamar soldados de las bandas – mensajeros, vigilantes o administradores de las tiendas de droga- custodian el centro neurálgico del crimen en bogotá.
¿Cómo puede situarse en pleno casco histórico de una capital semejante infierno? La ‘L’ del Bronx  no es sino producto del abandono de los gobernantes locales de un lugar que en tiempo atrás intentó ser ‘recuperado’.

 Conocido anteriormente como el cartucho, era una ‘república independiente’ donde cerca de 15.000 personas convivían –si así se le puede decir-  con códigos que iban a contrapelo de la sociedad, donde los índices de criminalidad eran los más altos de la ciudad –una tasa de homicidios de 255 por cada 100.000 habitantes en 1997-, y donde predominaban dos clases sociales: ‘los jíbaros’, dueños de negocios ilegales de drogas, contrabando, armas y el desguace de vehículos; y ‘los explotados’, personas en degradación, esclavos del consumo de drogas y escudos humanos de las mafias que allí se asentaban.

 En febrero de 2013, la policía metropolitana realizó una intervención en la zona con el objetivo de desarmar a las bandas criminales. Pero como el mismo comandante Guatibonza admitió hace dos meses al diario El Tiempo “la operación fue un total fracaso”. No solo provocó una diáspora de varios de los narcotraficantes hacia otros barrios y ciudades, sino que además contribuyó a la desconfianza con las autoridades. Varios de los líderes sociales sufrieron las consecuencias. Javier Molina, funcionario de integración social y anteriormente víctima de la droga en el cartucho, fue asesinado. Y John Jairo Álvarez, ex director de un comedor en el barrio, sufrió constantes amenazas de muerte y tuvo que salir.
El infierno sigue y la solución no llega. Los gobernantes miran hacia otro lado mientras discuten en el Congreso. Y a pocos metros de allí, un grupo de vecinos sobrevive en condiciones infrahumanas y los narcotraficantes manejan el mercado de la droga.
Y todo eso casi en el jardín de la casa del presidente de la República de Colombia.

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